martes, 23 de diciembre de 2014

EL PRIMÓN

En todos los barrios existen personajes que parecen descolgados de un cuadro. Y claro, Costa Ayala, no iba a ser una excepción. Esos son los dominios de dos personajes populares. Uno de ellos es Vicentillo. A Vicentillo, vamos a decir, le falta un hervor. Roza casi el 1.57, una dentadura “aseparada”, una mirada feliz y noblota y coronado por un disco duro donde archiva un sinfín de canciones. Sólo con un refresco, Vicentillo se pone en marcha, simula distintos instrumentos y canta a destajo. No le puedes pedir que te haga tal o cual tema. Él canta a su antojo. Cuando le parece, dice: “me estoy quedando ronco y no puedo seguir cantando”. Entonces es el momento justo de invitarlo a otro refresco. Una Cola, una Mirinda, es gasolina suficiente para que, mirando al tendido, explaye.

El Primón, es otro personaje. Quizás con doble personalidad. Lo conocimos en un vivero de la zona. Allí, altivo, escondido debajo de un sombrero, sudando a mares por la alta temperatura del invernadero, atiende arrogante y distante a cuantos se acercan. Siente un mimo exquisito por las plantas ornamentales y es un trabajador de esos que sueña todo empresario. Parco en el decir, tieso como un palo y mirada desafiante contrasta con ese desdoblamiento de personalidad cuando llega el momento en que finaliza su trabajo. Es entonces, desde que termina de asearse, cuando se conoce a su otro yo. El sombrero que lucía cubriendo su bien poblada cabellera, lo lleva ahora a medio lado; su tiesa figura se engoruña y arqueado desanda el camino, en busca de algunos pizcos de ron que le endulcen lo que resta de la tarde-noche. Al Primón lo conocen bien por la zona y su recorrido es inalterable. “Yo siempre hago el Tres Caballo y Perica”—ese símil que usa, como jugada segura en el envite, define su recorrido habitual—

Su seriedad en el trabajo contrasta ahora, con su chispa humorística, con su pronto. Ya cuando llega al último bar viene desplomado, totalmente arqueado, la mirada perdida, pero la lengua totalmente afilada para repeler las bromas que le gastan los asiduos.

Una noche, en una de esas correrías nocturnas, el dueño del bar se disponía a cerrar las puertas de su establecimiento. Había previsto en sus planes sentarse cómodamente en su sillón frente al televisor y seguir las incidencias de la final de la copa de Europa de fútbol. Echaba en falta al Primón que, cosa rara, y quería huir antes de que apareciera para que no le jeringara sus proyectos. Sabía, para sus adentros, que le iba a jugar una mala pasada al Primón, pero el fútbol, era el fútbol y de la misma manera que los aviones se esperan en los aeropuertos, los partidos importantes se esperan delante del televisor. Se dispuso a apagar las luces y echar la arretranca a la puerta… Sabía que si el Primón llegaba y lo trincaba cerrando que estaba obligado a largarle los lingotazos y adiós partido de fútbol… Sólo le había dejado caer la puerta metálica cuando una voz le sorprendió, en plena faena…

¡Coño, plegando velas tan temprano…! Hay una brisa suave, se puede navegar a todo trapo, una luna brillante que no hace falta ni encender las luces y usted recogiendo… ¿qué pensaba…? ¿Dejarme al garete…?

El dueño del bochinche, medio caliente por tener que alterar sus planes, le contestó contrariado y en tono irónico:

- No son horas, Primón…

- Pos sí que está bueno esto. El dueño de un bar rechazando a un cliente fijo… Seguramente, le sobra el dinero.

El propietario, viendo que la conversación podía eternizarse, subió la puerta a la vez que le decía con cierto cabreo sordo:

- ¿Qué le pongo al señor…?

A lo que nuestro personaje replicó:

- Al señor, le pone usted una vela, a mí me pone un ron.

ALFREDO AYALA OJEDA

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