martes, 5 de mayo de 2020

LA CALLE DEL ADIÓS

Vivimos momentos difíciles. Momentos que, parejo con la angustia,  obligan a navegar por recuerdos de amigos, de los que ni hemos podido despedirnos ni, como mal menor, compartir el dolor con sus hijos, padres, ni abuelos... 

Hoy, entre tantas ausencias la memoria me traslada hasta la isla de La Palma, concretamente a Tijarafe, donde paseé, a principios de este siglo, con el repentista Eremiot que me llevó a conocer algunos de los mas, bellos rincones del municipio... 

Fue un largo recorrido, con paradas ilustrativas, que Eremiot se conocía al dedillo. Desde las altas cumbres, donde estuvimos durante horas con carboneros de la zona, hasta el mar. Allí, con su barquito, nos adentramos en “Cueva Bonita”, lugar repleto de misterio y leyenda... Una cueva con dos bocas, por la que los pescadores de la zona, burlaban  las visitas no deseadas , de los berberiscos... 


También me llevó, hasta el pequeño embarcadero denominado “Poris de Candelaria”, donde me llamó la atención que un reducido grupo de pescadores, hubieran creado un pueblo dentro de una gran cueva, en la misma orilla del mar.  


Me presentó al mismísimo “Diablo de Tijarafe”, encarnado en un personaje de cuento: Nicolás Rodríguez... También a María "la barajera", afamada echadora de cartas de la zona, a la que visité y me vaticinó que no volvería más a la isla de La Palma... Por eso,  cuando paramos en un barcito de la zona y escuché una abundante ración de décimas, al despedirme, me dijo Eremiot: “si quieres chafarle el vaticinio a  la barajera, no vayas por la calle del Adiós , porque por esa calle, se va derechito al cementerio.” 

Con el paso del tiempo, regresé a Tijarafe y recordé al amigo Eremiot y cuanto me había dicho, de la calle Adiós... Emprendí el regreso, caminando por las adoquinadas calles del municipio,  mientras me venía a la memoria la poetisa cubana, Dulce María Loynaz que en 1.958 escribía así, en la publicación “Un Verano en Tenerife”, sobre la calle que se llama Adiós que bajo su rotulación aparece pintada estas sentidas letras... 


Foto: Alfredo Ayala, en la calle del Adiós


“¿Qué secreto alentaba en ella que su recuerdo había perdurado a través de una distancia que medía por olas, de un tiempo que ocupa casi toda la vida?.. Lo supimos después. No era sombra de amor ni de misterio. No era aroma de leyenda. Adiós, sencillamente era la calle que conducía al camposanto. Pero voy a decir lo que era de manera exquisita: lo era con poesía que era una cosa que se da muy poco en materia municipal, y, por mejor decir poco en cualquier materia. No creo que haya habido Concejales padrinos:  fue el pueblo, un pueblo diminuto el que se acostumbró a llamarlo así, o ella misma nació ya con ese nombre que le era íntimo consustancial, exacto. De ahí la gracia la finura que no puedo olvidar quien la mira en otros días con sus ojos de niño. La calle va en declive, cortada sobre un risco; el pueblo queda arriba recogido el puñado de sus casas al filo del barranco. Pero hacía abajo y ya en el mismo talud que desciende verticalmente, en un despliegue de la roca han puesto el cementerio, como quien pone un ramo de azahares al pecho de la montaña. Bien se comprende que es difícil llegar a aquél sitio, aún para los hijos de esa fragosa tierra avezados a franquear desfiladeros: fue así que se hizo uso con el tiempo en detenerse en cierta escotadura donde la calle se quebraba por un corte de tajos descendentes. Era el umbral de las despedidas: allí quedaban los acompañantes todavía por unos minutos viendo bajar ya a picos de las Breñas un reducido resto de cortejo. Allí en silencio conmovido daban el último saludo el amigo al amigo que se iba, el hermano al hermano ….Luego se volvían calladas calle arriba, impregnada de suspiros hecha de adioses sin salida, no podía tener ya más que un nombre : y se llama ADIÓS.” 

*Nota: Las dos primeras fotos pertenecen a "Fotos Antiguas de Canarias"

ALFREDO AYALA OJEDA 

miércoles, 8 de abril de 2020

A JUAN PERICO, DEFENSOR DE NUESTRAS TRADICIONES

Mi primera visita a la isla de El Hierro, prendió la llama de la pasión por lo nuestro. Tenía, en algún rincón de este blog, ya lo he contado, conocimientos dormidos en los que nunca había reparado. Pero esa primera visita fue como el volador de salida, para que me metiera de lleno en conocer y divulgar nuestras costumbres y tradiciones. Para este primer desplazamiento acudíamos para realizar un trabajo para la serie “El Pueblo Canta” sobre el recién creado grupo Tejeguate y la intención era recoger las voces de aquel numeroso grupo de componentes, donde se alternaban veteranos y mucha gente nueva: Cantos de arada, de siembra, de higos, espantar cuervos, moliendo, segando, etc. 

Mientras se realizaban los preparativos, deambulé por el entonces derruido hotel más pequeño del mundo, por las ruinas del poblado de “Guinea los juaclos”, casi oculto por las calcosas y me llegué hasta un barcito, donde estaba el cuervo parlanchín azabache... 

De regreso, me encontré con Juan Perico, que iba con su morral y su regatón, camino de la Fuga de Gorreta, para llevarle algo de comer a los lagartos de Salmor. Hablamos durante largo rato, sobre nuestro deporte la Lucha Canaria y me contó algunas historias sobre los lagartos y su vínculo familiar con esta valiosa especie. 

Foto: En el lagartario con Juan Perico

Al paso del tiempo, nos había llegado nuevo material a Televisión Española y entonces se pensó en hacer una serie, para recoger el momento actual en el que estaban todos nuestros municipios. Y como no, dentro de todos esos municipios se encontraba el de La Frontera...  Entre los temas que debíamos abordar, estaba el lagarto de Salmor y la única manera que teníamos de llegar hasta allí, era contando con la valiosa colaboración de Juan Perico, que estaba acostumbrado a las subidas y bajadas, tenía potencia física y además era un hombre experto en el manejo de la lanza.  

Hablé con él y nos prestó toda la ayuda. Era un material delicado y pesado. El vídeo sólo, pesaba sobre los 20 kilos, más trípode, cámara, batería y hasta los dos operadores.  Después, las imágenes obtenidas, grabaron a una colonia de 90 ejemplares de lagartos, que estaba en la más absoluta de las libertades. Al llegar el equipo como la grabación, recuerdo que gente estaba expectante porque todos habían oído hablar de los lagartos, pero pocos era los que los habían visto. Y en el mismo bar de Tigaday, pusimos las imágenes... Fue un momento mágico.  

Otro de los encuentros con Juan Perico, fue en lo alto de Guinea Los Juaclos, cuando emprendimos un capítulo del programa etnográfico Senderos Isleños, dedicado al Salto del Pastor. Y Juan Perico, no dudó en ponerse a nuestra disposición, para que el programa se hiciera realidad. 

Más tarde, en distintos encuentros lo vi luchar, junto a su hermano Francis Pérez “Pollito de la Frontera”.  

Hoy, en casa, disciplinado por el recogimiento al que nos ha obligado el Coronavirus, cuando las redes sociales dan la noticia de su fallecimiento.  

Amigo Juan Perico, desde aquí, mis condolencias a familiares y amigos. 

Se me ha ido no sólo un amigo, sino también todos hemos perdido a una buena persona. 

Descansa en paz. 

ALFREDO AYALA OJEDA

sábado, 4 de abril de 2020

LA VOZ DEL BUCIO

“Abuelo”, -le preguntaba el nietito a la vez que le acariciaba su huesuda mano, vestida de esa característica piel arrugada, que va dejando el paso del tiempo- “tú fuiste niño como yo lo soy ahora...” El abuelo, como queriendo entrar en su breve mundo, se enternecía al escucharlo. Su fina voz, era como un regalo para sus oídos. Eran dos mundos distintos: uno dispuesto a comerse el mundo, hablando atropelladamente con sus prisas y sus repetitivas preguntas,  mientras el abuelo, pausado, con la mirada cansada, y respiración entrecortada, veía pasar el tiempo disfrutando de cada segundo. 
Los dos estaban en casa, confinados, viviendo con incertidumbre la pandemia de COVID-19. Solo tenían contacto con la calle a las 20h, cuando juntos, con el corazón en un puño, salían para expresar con el aplauso su agradecimiento y admiración a cuantos de una manera u otra, prestaba su trabajo y su vida en ayuda de los demás... 

Después, de nuevo, la repetitiva pregunta: Pero Abuelo, dime, tú, fuiste niño como yo lo soy ahora... Sí hijo. Sí. Yo fui un niño travieso y también aplicado. Obediente y respetuoso. Hoy, te voy a hablar de una triste historia que la transmisión oral ha traído hasta nuestros días... Recuerdo que en casa, según me contaban mis padres, hubo una plaga que arruinaron los campos: “La cigarra berberisca”, llamada así porque estas enormes cigarras procedían de la Berbería. Los europeos utilizaron el tema de Berbería en los siglos pasados, para referirse a las regiones costeras de Marruecos. Fue una tremenda plaga y no había medios para combatirlas. Se cernía sobre la isla, el peor de los males: el hambre. El cigarrón berberisco, amenazaba con devorarlo todo... Los cultivos desaparecían, millones de cigarras engullían todo cuanto encontraban a su paso. Era principios de 1.811 y los medios para emprender la lucha, no existían. Se hablaba de fuego, pero las llamas se descartaron porque era el peor de los remedios... Se usaron todo cuanto hacia ruido, almireces, latas, cucharas, tambores, cajas de guerra, bucios... Todo esfuerzo fue inútil... Pero hombres y mujeres de los municipios de Guía, Gáldar y Moya, no desmayaron... Un día, en la montaña de Vergara, hicieron la promesa votiva a la Virgen de Guía y al poco, la virgen puso la mano y envió tan tremendo aguacero, que la cigarra desapareció de la isla. La virgen, cumplió y hoy, cuando han pasado más de doscientos años, se recuerda ese dramático momento acudiendo todos hasta la montaña de Vergara, para rememorar el momento y darle las gracias a la Virgen.  

El bucio, la caracola o la bocina, que de todas estas maneras se conocen, en las islas, sirvió en tiempos cercanos para prolongar la voz. A través de él, se anunciaban las fiestas, las llegadas de enemigos, las desgracias, el comienzo de la jornada... El bucio, era el móvil de la época... 

Hoy, querido nieto, estamos viviendo unos momentos delicados. El Coronavirus, se ha plantado en el mundo y hace estragos entre la población, No tenemos medios para luchar. No tenemos otra arma que el recogimiento, en nuestras casas para alejarnos del bicho... Hay hospitales, clínicas, polideportivos, preparados para atender a los contagiados... Por esos estamos en casa, recogidos, para dejar espacios libres en centros sanitarios, para facilitar la atención a los afectados. 

Pasas por la calle y no ves un alma. Las obras, paradas: los estadios, vacíos. Guardamos distancia entre iguales. Todos y cada uno, estamos en un encierro domiciliario. La ciudad está solitaria, casi muerta. Pero pese a ello, estamos unidos. Juntos, por una causa que se me antoja un fino hilito, que separa la vida de la muerte. De tu conducta, de seguir las instrucciones, depende de que el sinvivir de hoy, mañana sea olvido. Estamos unidos simbólicamente a los que se juegan la vida por nosotros, a los que abren sus centros comerciales para facilitarnos adquirir la comida; panaderías bancos, taxistas, farmacias, guardias y policías... Estamos lejos, pero cerca de superar este mal.  

Es duro el encierro voluntario. Durísimo, pero cada día nos sorprende la actitud de la gente, que convierte sus terrazas, balcones o ventanas, en escenarios para alegrarle unos minutos a los vecinos. En El hierro, en La Gomera, las chacaras, pitos y tambores a la hora convenida suenan y transmiten su aliento a la población... 


Lo mismo sucede en Santa María de Guía, como supongo que sucederá en otros muchos lugares... Por eso, cada día, a las doce en punto, me emociona escuchar la serpentina y angustiosa voz de los bucios, desde cualquier azotea del municipio de Guía, queriendo llamar a la Virgen de Guía, para que acuda en nuestro auxilio a esta cita de urgencias. 


Ahora, vivimos en Gáldar, pero la cercanía y el barranco, trae y lleva noticias y sonidos. Lydia, ayer no dudó en contestar a los bucios de Guía, desde su ventana de Gáldar. Soplaba con fuerza mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. La voz del bucio, aguda, prolongada, vigorosa, se me antojaba que llamaba a las puertas del cielo, buscando que la Virgen de Guía, repitiera el milagro realizado hace más de doscientos años. 


Ya ves hijo, que yo también fui niño, como hoy lo eres tú... Y cuando tú llegues a mi edad, habrás vivido otros momentos delicados y le contarás historias a tus nietos... Y es posible que le cuentes este hecho real, para entretenerlo. Hoy intento con todas mis fuerzas, hacerte agradable este tiempo para evitar que salgas de casa, porque este virus se combate quedándonos en casa. Aquí, resistiremos. Nos ha unido la desgracia y el sonido del bucio, los aplausos, los gestos, la solidaridad, son, las armas que disponemos para luchar contra esta pandemia. 

¡NO HAY QUE BAJAR LA GUARDIA! 

¡¡¡¡¡¡ RESISTIREMOS !!!!!! 

ALFREDO AYALA OJEDA


martes, 10 de marzo de 2020

LAS COPAS, SON EL DEMONIO...

Cosa rara. Una noche, en la colombina isla de La Gomera, nos fuimos, como siempre, de copas. Estábamos tan "cargaditos" que  la estrecha carretera, por el efecto “copas”, se convertía en autopista con un montón de carriles... Pero eran otros tiempos. Tiempos en los que no había puntos, ni retirada de carnet, ni de esas cosas, que hoy te tienen con el miedo en el cuerpo y te deja la cartera escurría. 

Nos habían invitado para grabar “Tenderete” en La Gomera. Como siempre, para los preparativos, íbamos Nanino, Juan Martínez y yo, pero como eran días de esos, en los que cuadras un puente, pues Santiago Ramos “Chaguito”, se apuntó a la localización. 

Con el trabajo hecho, nos fuimos a casa de Conchita, amiga y cocinera de lujo. Llegar a casa de Conchita, era como estar en casa. Siempre de trato distinguido nos dijo: tengo unas morteras preparadas, por si quieren comerse un potajito... Lo decía con tanta dulzura, con tanto cariño, que ya adivinabas que el potaje tenía que estar de escándalo. 

En honor a la verdad, sabía a gloria. Espolvoreado con un pizco de gofio, una puntita de queso de la zona, era una auténtica bendición... 

Desde Arure, emprendimos el regreso haciendo paradas en todos los lugares donde había algo de luz que significaba que estaba abierto. 

Unas copas, un cachito de queso y a seguir la ruta... Cuando llegamos a San Sebastián, veníamos con el depósito repleto y con la vista muy extraviada y con ganas de llegar al apartamento a descansar... Pero... pero... Nanino, dijo: ¿no me irán a dejar solo?... ¿la última y nos vamos a dormir?  

¡¡Vale!! 

Llegamos a un barcito, amplio, con máquinas de cigarros y tragaperras. La barra hacía como un cuadrilátero. Solo estaba el camarero y un señor, acodado en la barra, con el cachorro tapándole los ojos y un virginio, bien chupaito, entre los labios... 

Nosotros, pedimos las copas y al sentir algo de ruido, el señor con mucho esfuerzo, levantó la cabeza y se bajó del taburete... 

No sé si nos miró o nos midió detenidamente, pero cierto es que hizo un esfuerzo considerable, para abrir los ojos... Tras el esfuerzo, se le puso cara de interrogación... Juan Martínez, leía con detenimiento el precio de los cigarros y el señor después de muchos rodeos le aseguró, señalando a Nanino: a ese señor lo conozco yo... 

Al no obtener respuesta, se vino a mi lado... Yo conozco a ese señor pero no recuerdo quien es... 

Le respondí: Yo nunca lo he visto... No puedo ayudarle... 

El borrachito, seguía con el trasteo y se acercó a Chago... ¿usted, tampoco sabe quién es...? 

¿A quién se refiere...? 

A ese señor “gordito” que está en la barra... 

No; jamás lo he visto, pero por su pinta creo que es de pa´fuera... 

Todas esas preguntas eran sobre Fernando Díaz Cutillas “Nanino”... 

Al borrachito, la cara de Nanino le era muy conocida pero no acertaba a situarla. Lo había visto, pero al verlo en otro escenario se le hacía difícil saber quién era.  

Siguió la noche y el borrachito una y otra vez, se quedaba mirándolo a ver, si lo reconocía... 

De remplón, de buenas a primera, se acercó a nosotros y nos dijo: ¡¡ ya se quién es!! 

Sí... ¿quién es? 

¡¡¡Es el comandante del Ferry Benchijigua!!! 

Durante años, recordábamos una y otra vez la anécdota... 

ALFREDO AYALA OJEDA

jueves, 5 de marzo de 2020

LUCHADORES COMO “CAMURRIA” YA NO SE ESTILAN

Ayer, entre una montaña desordenada de fotos, me encontré con esta que, en su día, junto con otras, me regaló el amigo y fotógrafo , Álamo. Son las fotos de la añoranza, de tiempos idos, cuando la lucha canaria, nuestro deporte por excelencia, gozaba de consideración y prestigio. Cuando se salía al terrero a luchar sin reservas y, en ocasiones en salir por "cáida" para vengar la derrota del padre, hermano o pariente... 

Foto: Pancho Camurria, en una agarrada en el improvisado terrero del Barranco Guiniguada.

Hacía algún tiempillo, que no recalaba por la antigua Plaza de las Ranas, en el margen derecho del barranco Guiniguada... Pero en uno de mis paseos, recordaba tiempos infantiles cuando mi padre arrendó una imprenta modesta donde se imprimía, casi de manera artesanal, el semanario deportivo “Guiniguada”. La imprenta estaba en la calle de San Justo, una calle histórica porque daba a una explanada por la que se accedía al lecho del barranco donde, en improvisado terrero, se disputaban tardes de lucha. Para ver estas luchas, el público acudía en masa y se acomodaba en la barrandilla del Puente de Piedra o sobre los quitamiedos, que bordeaban el barranco Guiniguada.  

Y esa foto, del amigo Álamo, muestra una agarrada en la que participa uno de los luchadores más airosos, que ha tenido nuestro vernáculo deporte de la lucha canaria: “El viejo Camurria”. Un luchador de talla media y unos 80 kilos de peso que, al decir de quienes lo vieron en su mejor época, se agigantaba sobre el terrero. Sus actuaciones eran auténticas lecciones de maña, sabiduría. Nada se le escondía de la lucha canaria. Cada actuación, se convertía en auténtica exhibición. Era el “As” de moda y ejercía. Agarró con los mejores luchadores del momento y brindó grandes tardes de lucha. Para él, la lucha no tenía secretos. Fino, elegante, resuelto, con amplio sentido del humor, como ya relaté en aquel tremendo desafío entre él y el Faro de Maspalomas, en la Plaza de Toros de Santa Cruz de Tenerife... (que pueden volver a leer, en https://www.etnografiayfolclore.org/2009/10/del-historico-enfrentamiento-entre-el.html ) 

Yo lo conocí en Tenerife, ya retirado de los terreros, hablamos de lucha y me confesó: “Cuando yo salía a luchar, tan solo con ver caminar a mi contrario, sabía cómo tirarlo.” 

Por eso, por el cariño y el respeto que se le tenía, cuando decidió abandonar los terreros, lo hizo entre lágrimas, recibiendo el cariño y el reconocimiento del público... 

“Camurria”, fue un luchador genial de esos que ya no se estilan. 

ALFREDO AYALA OJEDA

sábado, 29 de febrero de 2020

EL POLLO TRAVIESO Y EL GATO BURLÓN

Ayer, tenía cita en el hospital de Gran Canaria, Dr. Negrín. La cita, estaba concertada en una hora inapropiada, de esas que te parten el día y te deja con cara de simplón. Una vez terminada la revisión, de regreso a casa, decidimos que Lydia mi mujer y mi todo, aparcara el coche en el garaje mientras que yo, aprovechando que tengo que caminar diariamente, fuera a comprar un pollo y unas papas.  

Hoy, al pollo, no se le da importancia, pero tiempo hubo en que comerse un pollo era manjar solo de algunos ricachones... Aunque también estaba a golpe de imaginación y sueños de “Carpanta”, que en sus viñetas día sí y día también, soñaba con un musculoso y tentador pollo asado... Pero llegaron los cambios, el progreso... y el pollo no solo es lo más barato, sino también lo más socorrido... 

Despacito hice mi cola en el asadero, hasta que me atendieron. Compré un pollo y una ración de papas. Pagué religiosamente y al golpito, me encaminé hacia mi casa. Al llegar, la bolsa con el contenido de la compra, la puse en la encimera. Esperamos a la niña de la casa, que viene llegando al filo de las 15 horas,  aleguetié con mi mujer de lo divino y lo humano, mientras “Dafne” nuestro gatito y “Chanel” la perrita, mantenían una acalorada disputa.  


Suelo, a esa hora, ver “El Chiringuito” para ponerme al día en el deporte. Un timbrazo, era la niña que acababa de llegar. Lydia, preparó el agua y los refrescos y de pronto una pregunta recorrió el pasillo y me golpeó en el tino: -“¡Alfre! ¿dónde está el pollo?  

-En tono coñón le dije: No lo sé. La última vez que lo vi, estaba pavoneándose por el pasillo...” 

-Déjate de bromas y dime donde está el pollo.  

-Caliente, le respondí: ¡En la bolsa, junto con las papas!... 

-Aquí no hay pollo, solo papas... 

-Coño, me fui derecho a la cocina y enseguida me di cuenta que el pollo, había volado.  

-¡Joder!, me despacharon las papas, me cobraron el pollo pero no me lo pusieron...  

-Salí "eslapao" para el asadero.  

-Le conté el caso a los dependientes y me dijeron: "Es que ya, no nos queda ningún pollo... pero el pollo, seguro que se lo di" 

-Sí claro, me lo diste, se me escapó de la bolsa.... Anda, anda. Devuélveme el dinero y dame alguna cosa para escapar de esas que tienes en el expositor. Compré calamares, arroz con pollo, ensaladilla y unas albóndigas... Y ahora, les pregunté como recupero el dinero de ese pollo que se evaporó. La empleada que se desvivió para atenderme, me dijo, no le puedo devolver el dinero hasta que compruebe que efectivamente, no le di el pollo y eso lo hacemos por la noche, al cierre. Primero revisamos las imágenes y en ellas, se verá el resultado... 

Caliente como el cenicero de un bingo de los de antes, devoramos en casa lo que traje... 

Por la tarde-noche, mi hija, "descojonada" viene con un plástico transparente y el pollo que habíamos puesto en busca y captura.... 

En tono irónico, coñón, me preguntó: ¿Es este el pollo, que estabas buscando? 

-¿Dónde estaba? 

-En mi habitación, debajo de mi cama, y así, de mordisqueado. El gato, a reventar, casi sin poder moverse, relamiéndose y más feliz que una perdiz, me miraba a la vez que se aflojaba el cinturón, para liberar su oronda barrigota. Tenía, apariencia de pez tamborín y mirada de infinita gratitud y parecía decirme ¡gracias por el regalo...! 


El gato, seguramente, atraído por los olores, al no poder resistir la tentación, se subió a la encimera, trincó su pollo y se fue a la habitación de la niña, a saborearlo... 

El resto de la tarde-noche, el gato, sabedor de lo que había hecho, estuvo escondido, lejos de la vista de la familia. Incluso, creo que acarició la idea, de aprovechar estas fechas carnavaleras y salir a correr el carnaval... 

¡Qué vergüenza!. ¡Con la que armé en el asadero!. Mañana, desde que amanezca, iré a pedirle disculpas, al personal del asadero... 

Así lo hice, conté la historia con todo tipo de detalles y todo, al final terminó con una sonora carcajada... 

ALFREDO AYALA OJEDA

domingo, 23 de febrero de 2020

AQUELLOS FELICES AÑOS SESENTA

Tiempo hubo en que las noches y los días se juntaban. Eran tiempos de juventud que nos hacía pensar, que nunca llegaríamos a ser mayores... Que éramos eternos... Tiempos que ni se olvidan, ni se recuperan.  Tiempos que, como a trasmano, quedan momentos de muchas penas y escasas alegrías. Tiempos de “jalar” del chinchorro, de fútbol playero... 

Lejanos quedan grabados en la memoria, aquellas colas de racionamiento, el pedir el “templete” en Canarias y “el sustancioso” en la península (hueso que se prestaban entre vecinos para darle algo de sustancia a la comida). Tiempos de aquella Ginebra asustá, con el rabo caliente de una cuchara de aluminio, para curar las madres o “el caldito de pichón” cuando se tenía en casa a alguien delicado de salud… Embargo, eran tiempos que pasaban volando y, de camino, poniéndonos en la auténtica realidad. 

Algunos disponíamos de algunas "perrillas" para ponernos algo de brillantina en el pelo y presumir como un niño “litre” entre la pollería... Eran momentos de improvisación... Recuerdo aquellas muchachitas de buen ver, en las “reuniones” que se celebraban en las azoteas que se fijaban el pelo con cerveza y después, cuando el calor y el sudor hacían su aparición, cualquiera se acercaba... El saborcito de aquel membrillo, que mordisqueabas y lo tirabas al mar, para que se fuera endulzando. 

Empezaba a enderezarse la clase media, llegaba la última moda “la minifalda”, tuvimos conocimiento de que el sur de la isla existía y hasta algunos tenían un Seat 600, que les permitía moverse a conveniencia. El turismo, era el milagro del momento. Se respiraban otros aires y al soco del turismo, pues siempre afloraba la posibilidad para tener algún dinerillo. Yo, por ejemplo, sabía que la moneda inglesa, era más barata que la libra en papel y me recorría los hoteles buscando las monedas que, después, en los barcos ingleses que recalaban por la isla, como tenía acceso a los buques ingleses, pues me acercaba y cambiaba mis monedas por papel y sacaba unos buenos beneficios... 

Se estudiaba lo justo y nos divertíamos a lo grande. La noche, tentadora, abría las puertas de par en par y allí aparecíamos los asiduos dispuestos a ligar con una sueca, inglesa o alemana. En esa época, estaba todo por hacer. Se era aprendiz de todo. Tu padre era carpintero, pues el hijo era ayudante para aprender el oficio... El campo empezaba a abandonarse a cambiar el arado o el sacho por la bandeja... Había trabajito, corría el dinero y los que disponíamos de esos “posibles” pues estirábamos la noche y nos íbamos de ligoteo a Las Cuevas, Pinito del Oro, Altavista, el Saxo, “El Búho”, “El Tam Tam”, o a los bailes de asalto y verbenas...  

Pero, claro,  hay imágenes que no se olvidan y que me acompañarán hasta la tumba,  como aquella ocasión que en la Playa de Las Alcaravaneras vi a Pier Angeli, a Silvana Pampanini, Eddie Constantini, Gregory Peck, y a Ava Garner en el Hotel Santa Catalina... 

Pero también había guitarreo. Una tarde, hablé con mi hermano para que cubriera mi trabajo, durante un par de días. Nos habíamos juntado unos amigos. Estábamos "enralaítos"... Con todo dispuesto llegó mi hermano y me dijo que le había salido un “compromiso” ineludible, que estaba como para “mojar pan” y que no podía dejar pasar la ocasión de saborear a semejante monumento, que la naturaleza argentina había moldeado durante tantos años. Así que me borré de un plumazo de la pandilla, me quedé en tierra y el resto de la gente arrancó con rumbo a la vecina Fuerteventura... Me contaron que llegar y arrancar para el Cotillo fue de una tacada. Allí les esperaba un viejo amigo, que al decir de todos era “un pura sangre”. De esos que no se arrugan por nada y que solía decir que todo para él, era llano. Vivir al día. Era pescador.  

Tenía un bermeano y montaron un asadero, mientras las sardina s iban cogiendo colorcito y aromatizando el ambiente, dio toda clase lecciones sobre la carnada viva,00 que estaba en el barquito de pesca y como se metía en la faena cuando llegaba la zafra del atún.  Pero las copas son el demonio y las porfías, cuando el alcohol aparece, se sabe cómo se empieza y no se sabe cómo termina.... 

Uno hizo una simple pregunta... Con este barquito, se puede llegar a Venezuela?... 

-¡¡Claro!! 

¿Y cómo se llega a Venezuela?. ¿Por donde hay que ir...?¿Se tarda mucho? 

Las preguntas, le llegaban en cascada... 

-Pues hay que poner la proa... 

Uno de ellos lo picó: Tú, ni sabes llegar, ni tienes los arrestos suficientes para poner rumbo a Venezuela. 

No hubo respuesta. El silencio, se adueñó de todo. Pero el barquito cada vez más se iba alejando de la costa... 

Entonces, afloró la preocupación... ¡Coño este tío es capaz de llevarnos a Venezuela...! 

Se le imploró. ¡Coño! ¡Vamos pa´ tierra!.  

No. Ahora, vamos a Venezuela... 

Una hora larga navegando a mar abierto estuvieron con la proa enfilando a la generosa Venezuela... Al final, emprendimos el regreso... 

Maestro Gregorio, que así se llamaba el patrón del bermeano, antes de amarrar el barquito les dijo... “Ya que estamos aquí podríamos ir a la Isla de Lobos, a comernos una paella... 

Pero uno de los componentes de la pandilla, nada más pisar tierra firme largó la famosa frase de Jaime Marrero: ¡¡¡ Más nunca!!! 

ALFREDO AYALA OJEDA

domingo, 9 de febrero de 2020

OTRO ENCUENTRO CON LOS “CACOS”

Siguiendo con esa línea de tropiezos, que hay que pagar, por hacer los trabajos en la calle, recuerdo aquella otra ocasión, en que habíamos preparado la serie musical “PUNTO DE ENCUENTRO”, que tendría por escenario, el interior de las Grutas de Artiles, en el mismito corazón, del municipio de Santa Brígida.  

Habíamos concertado intervenciones con “Manzanita”, “Marisol”, “Caco Senante”, “Los Chunguitos”, “El Gato Pérez”, Arévalo, “Los Panchos” etc.  

Los programas, con intérpretes de primera línea, lograban una buena respuesta de audiencia y se tenía, además, el objetivo solapado de mostrar nuestras islas como un plató, donde se podían grabar distintos tipos de espectáculos.  

Una noche, en plena grabación, nos quedamos a oscuras. Aparecieron un montón de linternas, para localizar el motivo del apagón. Recorriendo el extenso tendido de cables, llegamos a un lateral del jardín, en plena calle, donde habíamos puesto un motor auxiliar... Cuál no sería nuestra sorpresa, que el motor que nos generaba la energía de situación, había desaparecido. Solo quedaba el cable, con su enchufe.  Uno de los camareros nos puso en pista... Yo vi un coche pequeño - creo que era un mini, parado, sin luces y escuche unas voces... pero quién iba a pensar, que desengancharían el motor y se lo llevarían... 

Al poco, apareció la guardia civil y la municipal. Otro de los empleados, casi balbuceando dijo: “Aquel almacén que parece abandonado, cada vez que salgo a fumar, encuentro cierta y sospechosa actividad... 

Alguien se envalentonó y sacando pecho dijo: “yo le pego una patada a la puerta y salimos de dudas”. Los agentes de la autoridad lo calmaron. Eso no podemos hacerlo. Vamos a informar y después actuaremos... 

Dicho y hecho. Amanecía. Había pasado un montón de horas y estábamos rendidos. Al final apareció alguien, que facilitó la entrada al almacén. Se abrieron las puertas y dentro, casi entongados, estaban un gran número de coches “mini”, unos desmantelados, otros impecables... 

Y allí, casi en la puerta, el motorcito que nos arruinó una noche de trabajo.  Les dije, a dos de los auxiliares, que lo cogieran y la autoridad lo impidió.  

Tardaron días en devolverlo. Terminé en el juzgado, porque el almacén era un lugar donde los amigos de lo ajeno, tenían como laboratorio, depósito y reparación de los robos, de los coches de esa marca y cobrar por “su” trabajo. 

Fueron varios, los responsables, de este “negocio” bien montado y que dieron con sus huesos en Barranco Seco”. 

Llegaba el cliente, a este taller de especialistas de “mini”, le diagnosticaban la avería, le robaban las piezas a otro coche, le cobraban, hacían ficha para quedarse con todos los datos y así, cuando necesitaban alguna pieza, iban en su busca y lo desmantelaban. 

ALFREDO AYALA OJEDA

viernes, 7 de febrero de 2020

EN LA MAR Y SIN REMOS

Andar por esos mundos de Dios, grabando programas y viviendo fuera de casa, la mitad de la vida, deja muchísimos momentos, en los que agarras unas calenturas del carajo o unas satisfacciones de escándalo. Hoy, cuando tengo la vena humorística cargadita, suelo ponerme a escribir algunas de esas vivencias... 

Una de ellas, tiene por escenario la isla de La Palma, concretamente, Tijarafe. Tijarafe, significa frescura o sombra. Es tierra de inmensos pinares, que se alongaban hasta el abismo de los acantilados. Tanto es así que, hasta no hace mucho, su principal fuente de economía era el carbón, la brea, los horcones.  

Andar por esas tierras de bendición, es como adentrarte en el pasado. Un día, con la intención de hacer uno de los capítulos de la serie etnográfica “Senderos Isleños”, nos habíamos citado, en mitad del monte, con una familia que entre otros cometidos, se dedicaban al carbón y varas para los tomateros. También, en los tiempos muertos, estaba en nuestra agenda, entrevistarnos con una afamada repostera de la zona. Tal era la cantidad de material que llevábamos que, por cuestión de comodidad, decidí alquilar dos casas rurales que estaban ocultas entre la inmensidad de los altos pinares.  Éramos, un reducido equipo de Televisión Española: Un realizador, un cámara, un ayudante y yo.  

También, habíamos alquilado dos coches. Era noche cerrada, cuando llegamos a las casas rurales. Disponíamos de lo mínimo para pasar la noche: café, agua, algunas galletas, chocolate y paquetes de papas. Mientras picábamos algo, preparamos los planes de trabajo para el día siguiente, porque a primerísima hora teníamos previsto vernos con la repostera, para hacer un documento de la riquísima variedad de repostería de la zona.  

A primera hora – yo suelo dormir deprisa- Al alba, preparé una buena cafetera y salí de la casa rural a fumar un cigarrillo, ver cómo se va despertando el campo y saborear el humeante cafetito. Me arrepolliné en el coche y puse la radio para estar informado.... Al rato, miré el reloj y me apuré a levantar a los compañeros, porque se acercaba la hora de la cita con la repostera... 

Todos en pie, salimos de las casas, cuando vimos que, camino arriba, llegaba nuestra invitada... Nos saludamos, le ofrecí un café que no aceptó y le dije... ¡Nos cogió saliendo! ¡Íbamos en su busca... ! 

¿Con esos coches?, me dijo 

-¡¡Claro!! 

Pues tendrá que ponerle las ruedas, porque ninguno las tiene... 

Nos habían robado las ocho gomas y calzaron el coche con unos bloques. Los amigos de lo ajeno, nos dejaron tirados en aquel descampado... Sin teléfonos, sin cobertura... Vamos, en la mar y sin remos... 


Al final, terminamos acercándonos al puesto de la policía y denunciando el caso. Siempre, -nos dijo alguien que también aguardaba para presentar una denuncia-, estos robos suceden de madrugada y en estas mismas casas rurales que, están casi perdidas entre los pinos, lejos de las miradas de curiosos. A los cacos, solo les interesan las gomas y las llantas.  Seguramente, tienen un encargo de alguien y esperan que llegue el momento. 

Allí dejamos los coches subidos sobre los bloques y, siguiendo las instrucciones de nuestra artesana, emprendimos  camino hasta una ventita que, al decir de nuestra invitada, tenía teléfono.... Llamamos un taxi y nos fuimos al puesto de policía... Para jincarle unas gotitas de humor le comenté al agente: “Es lo que tiene de bueno moverse en coche alquilado; nunca te roban a ti, sino a quien lo alquila..."

ALFREDO AYALA OJEDA 

jueves, 30 de enero de 2020

A JUANA MARÍA TORÓN, MISS NACIONAL 1.966

Poco a poco, como a cuentagotas, pasaban los años. El pasado, la guerra, las penurias iban quedando atrás... Corría 1.966, cuando Manolo Santana, conquistaba en la mismita Gran Bretaña, el título más importante del mundo: Winblendon. Era el primer español que se calzaba tan preciado galardón... También el Ministro Fraga Iribarne, se bañaba en Palomares para demostrar a la población que sus aguas no estaban contaminadas... Manolo y Ramón “El Dúo Dinámico” conquistaba el festival de la canción del Mediterráneo, Manuel Benítez “El Cordobés”, anunciaba su regreso a los ruedos después de recuperarse de una lesión, en una de sus manos. A la corrida de presentación asistieron numerosas personalidades como Jackelin Kennedy, a quien le brindó un toro, así como Orson Welles y Estrellita Castro; el Real Madrid, ganaba su VI copa de Europa al vencer al Partizan de Belgrado... Raphael, hacía su presentación con el tema “Yo soy aquel”. También, en ese mismo año, Mary Quant, ponía de moda la breve “minifalda”, que causó sensación entre los jóvenes... 

Pues en medio de este 1.966, pleno de inquietudes, una gran canaria, natural de Tenoya, se presentaba en Salou Pinos del Mar, para deslumbrar con su serena belleza, a ser la más guapa del país. Durísimo trabajo, tuvieron los componentes del jurado que tras distintas votaciones se inclinaron por la andaluza Paquita Torres (Miss España) y como Miss Nacional, el titulo recayó en nuestra paisana Juana María Torón. El galardón de Miss Nacional llevaba aparejado una cantidad 25.000 pesetas de la época. Importe que daba para mucho. 

Foto: Juana María Torón

Yo la conocí, antes y después de su aclamación. Recuerdo tener una cita con ella, en el Periódico El Eco de Canarias, donde se me había encargado hacerle una entrevista... Cuando estábamos sentaditos y dispuestos, surgió un suceso en las “Cuevas del Provecho”, en Mata, donde una criatura resultó muerta. Le dije que me acompañara a cubrir esa información y que por el camino iríamos hablando. Así fue. Me esperó en el coche. Cuando terminé el trabajo, regresamos al periódico. Inmediatamente, me puse a escribir el suceso y le pedí a Juan Santana, compañero de redacción, que hiciera la entrevista a Juana María.  

Con Juana María, andando el tiempo, volví a coincidir en “Tenderete”, programa de televisión que dirigí a finales de los 90 y en “Bolero”, en el Cuasquías...  Dejaban huella sus ojos: grandes, dulces, de serena mirada, cautivadora sonrisa y, sobre todo, muy buena gente... Un año antes, en 1.965, resultó elegida Miss Nacional, otra belleza isleña: Fela Roque, quien trabajó en el cine junto a Robert Taylor, en la película “Pampa Salvaje”... Recuerdo aquella ocasión en que me habló, de manera natural de su delicado estado de salud, con el que mantenía una lucha, que se dilató en el tiempo. 

Hacía algún tiempo que no coincidíamos y hoy, de sopetón, me encuentro en La Provincia, la triste noticia de su fallecimiento. 

Descansa en paz querida y guapa amiga. 

ALFREDO AYALA OJEDA

domingo, 26 de enero de 2020

COSAS DE FAMILIA...

MI TÍA, PEREGRINA

Por estas fechas, cuando aparco las prisas, suelo hacer un largo y detenido recorrido de algún sucedido curioso, entre miembros de la familia o conocidos. Son recuerdos de momentos vividos o historias que han quedado grabados en mi memoria y que, en estos días, me gusta recordar. 

Mi tía Peregrina, fue una mujer adelantada al tiempo que le tocó vivir. A los golpes que da la vida, ella siempre los sorteaba con buen humor. Era recta, espontánea y no recuerdo ningún contratiempo que le pintara la cara con un mal gesto. 

Ella, en su chalet de Ciudad Jardín, salía cada mañana, al alba, para comprar los periódicos y el pan. Uno, El Eco de Canarias, porque escribía su hermano, Antonio Ayala y también su marido, Juan Sosa Suárez “Belarmino” y el otro “La provincia”. El pan, de la panadería Morales. Era el llamado “pan fino”, famoso dentro y fuera del barrio de Alcaravaneras. Los panecillos venían, (en aquellos tiempos de penurias), envueltito en una finísima servilleta de papel. 

Peregrina, sin temor a equivocarme, no solo era una mujer informada, también una buena tertuliana. Leer los periódicos o escuchar la radio, era su alimento primordial. 

Con los ejemplares bajo el brazo y el cartucho de pan en la mano, deshacía el camino, hasta acomodarse en los banquitos en la plazoleta, próxima al histórico Estadio Insular. Allí, se leía de punta a punta, los periódicos. 

Una noche, espléndida y serena, cuando se disponía a dormir, fue a cerrar una de las ventanas que daba al jardín. La ventana se le resistía... Hacía fuerza y no podía. Parecía como si estuviera atorada. Peregrina, ajena a todo, puso una silla y se subió para ver que le pasaba a la dichosa ventana. Al abrirla, de sopetón, se encaró con un hombre que estaba empujando la ventana, para entrar en la casa. De repente, se vieron frente a frente. Los dos, dieron un respingo. En situación similar a cualquiera le hubiese dado un patatús, pero ella, con flema inglesa, lo miró fijamente, a la vez que le decía: ¿qué hace usted ahí...? 

El hombre, sorprendido, balbuceando, atinó a decirle: “Tengo hambre y quería coger alguna cosa para comer”. 

Tenía el hombre los zapatos en la mano y una profunda carita de pena... ¿Qué hago? Se preguntaba mi tía... Inesperadamente, optó por invitarlo a pasar... El hombre estaba confundido en esa mezcla de sorprendido y agradecido... Peregrina, pachorrúa como ella sola, calentó un potaje de lentejas, le puso sobre la mesa unos plátanos y se sentó con su invitado. 

Charlaron, hablaron de los golpes de la vida... de las injusticias, de problemas y las complicadas soluciones... 

Tras la larga charla, mi tía le dio cuanto podía y también le endulzó el bolsillo con unas perrillas... El aprendiz de caco se marchó más contento que unas pascuas y en el escalón de la puerta del chalet, se calzó sus zapatos. 

Mi madre, seguía el relato sin perderse detalle. ¿Pero cómo de noche y sola, que estabas en tu casa, te atreviste a dejarlo pasar...? ¡¡ Tú eres muy atrevida!!... 

Solita, es que aquel hombrito no tenía fuerzas para nada. Su carita, daba tanta pena y cargaba tanta tristeza, que se me estremeció el alma... 

Andando el tiempo, en vísperas de Navidad, el caco volvió a la casa de mi tía. Tocó el timbre y Peregrina fue a ver quién llamaba a su puerta... Era el mismito hombre que una noche intentó entrar en la casa...Venía con una sencilla flor silvestre. Cuando la vio, una lágrima le resbaló por su mejilla. Le dio las gracias y la felicitó... 

Jamás mi tía, lo volvió a tropezar...


ALFREDO AYALA OJEDA

martes, 21 de enero de 2020

CUANDO DON JUSTO MESA, ACARICIÓ LA IDEA DE ENFRENTARSE, EN DESAFÍO, AL FARO

Allá, por el año 1.975, se me metió entre ceja y ceja, publicar un libro sobre la vieja Lucha Canaria. Lo hice, movido por el cariño que le tenía a mi padre, Antonio Ayala, periodista, jefe de deportes del desaparecido periódico “El Eco de Canarias”, y corresponsal del deportivo diario, Marca. Mi padre, había trabajado recopilando información sobre la Lucha Canaria, de la que fue secretario de la Federación durante muchos años. Vivió aquellos acalorados momentos de la unificación del reglamento, ampliamente reflejados en el libro. También, otros trabajos sobre fútbol, boxeo, vela latina, etc. Mi padre, falleció en 1973, y yo, conocedor y colaborador de su obra, me empeñé en sacar a la luz un libro, (agotado), que titulé: “La Lucha Canaria” y años más tarde, preparé y dirigí un documental para la serie etnográfica de TVE “Senderos Isleños”, bajo el título: “Sobre la Lucha Canaria”. Queda claro que mi gran pasión es la lucha canaria. 

Dicho esto, en el libro, se hacía referencia a un posible desafío entre el campeonísimo don Justo Mesa y el hombre del momento: el hercúleo y también campeón, José Rodríguez Franco “Faro de Maspalomas”. El encuentro, entre estos hombres de leyenda, fue muy esperado por los incondicionales de uno y otro luchador, aunque nunca llegó a celebrarse... 

Hoy, repasando mis documentos, me tropiezo con una larga crónica publicitada en el periódico “La Provincia”, el 27 de agosto de 1.995, en el dominical, cuadernillo donde escribía, sus “Siesta de Memorias”, el cronista oficial de Gáldar, Martín Moreno. En esta fecha, Martín Moreno, contaba con pelos y señales, aquella ocasión en que, Andrés Medina, al que nunca le gustó practicar la lucha, derrotara a la voz de ¡ya! a don Justo. 

Don Justo, que llevaba muchísimo tiempo sin caer, le escribió, insistentemente, cartas pidiéndole el desquite. Pero ese encuentro de “rasquera” nunca llegó a celebrarse porque Andrés Medina, tras su sonada victoria, no volvió a ponerse los pantalones de lucha. 

Pues por esa época, allá, en la pila de Telde, había un hombre que tan solo verlo salir al terrero, daba escalofrío. Espigado, rozando los dos metros, músculos de acero, ateado, estaba sembrando el pánico en los terreros. Era, el Faro de Maspalomas, del que se contaban toda clase de hazañas: ...que si ahogaba con la cabeza, la fuerza del motor de un pozo ...que si mataba un cochino, de un puñetazo ...que si levantaba el arado, como si fuera una caña de pescar ...que si le pegaba una burra a una platanera y la tumbaba...  en fin, tantas cosas se contaban.
Ilusionado por medirse con este nuevo “As”, don Justo acarició la posibilidad de un desafío, con el título en juego, que en ese momento estaba en poder del Faro... 

Don Justo Mesa, empezó con sus blandeos hasta ponerse a puntito... Fue entonces cuando le pidió a Andrés Medina, que fuera a ver un entreno del “Faro”... Y Andrés, fue. Vio, volvió y dio su impresión... Así lo cuenta el amigo Martín Moreno: 

“Tantas horas como las que caben en un día, nos costaría convencer a don Justo para quitarle esa idea de la cabeza. 

-Entonces, usted... ¿Cree que lo mío es una locura, que yo no soy hombre para “El Faro”? 

-Lo de “hombre”, déjelo aparte, don Justo. 

-¿Entonces? 

-No es cuestión de hombría, sino “de quintas”. Usted es de ayer y él de hoy. Y eso no tiene remedio. Piénselo, don Justo. 

Lo pensó y se arrepintió. "

Nota: se decía que don Justo – que atravesaba un momento económico delicado- le llegaron a ofrecer 25.000 pesetas (de las antes) por celebrar el desafío. Pero don Justo, prefirió prestigio antes que dinero... 

Así era nuestra gente. 

ALFREDO AYALA OJEDA

miércoles, 15 de enero de 2020

MÁS SOBRE LA VIEJA IDEA DE ESCRIBIR UN LIBRO, SOBRE LA HISTORIA DE "MAESTRO PEPE", EL FARO

Continuando con aquella vieja y aparcada idea, de escribir un libro sobre José Rodríguez Franco “El Faro de Maspalomas”, también, en esos años, ocupé al amigo José Martín Ramos por aquel entonces, Jefe de Informativos de Televisión Española, en Canarias. Con Martín, he compartido distintas trincheras informativas: en el desaparecido periódico “EL Eco de Canarias” y en TVE. Juntos, formamos una unidad informativa en aquellos difíciles y últimos momentos del entonces Sáhara Español recorrimos los fosfatos “Fos Bucraa”, sesiones plenarias de Yemaá (Asamblea General), contactos con algunos miembros del Polisario y distintas escaramuzas entre Polisario y el Puns. 

Foto: J.J. La Calle, Martín Ramos, Alfredo Ayala y Juan Ramón Gómez. La imagen corresponde a los últimos momentos del Sáhara español.

Hicimos algunos documentales titulados “Dos rombos”, que eran atrevidos en los tiempos que corrían. Uno dedicado a la prostitución, otro a los robos de moda “El tirón”, y el butrón a las joyerías... Además, juntos hemos estado en los servicios informativos, en distintos acontecimientos o en espacios especiales sobre los Carnavales, o en acontecimientos puntuales en beneficio de la Cruz Blanca,disputando un torneo triangular en el viejo Estadio Insular, en aquellos históricos encuentros entre Médicos, Abogados y Periodistas, de los que siempre salimos vencedores. 

Bueno no quiero distraerme y solo me queda por ofrecerles la visión de Pepe Martín Ramos, sobre el “Faro de Maspalomas”... 

    Foto: Monumento al Faro


JOSÉ RODRÍGUEZ EL “AS”. 

José Rodríguez Franco, su vida y su obra, representa la naturaleza y la historia de donde nos ha tocado vivir: Canarias. 

Somos un país donde han confluido varias culturas. Un Archipiélago que ha servido de laboratorio para muchos experimentos; unas islas a veces enfrentadas en beneficios de terceros, pero a su vez, Canarias ha sido un pueblo hospitalario y sin fronteras, producto del mestizaje y por estar situadas en un punto geoestratégico importante. Pero, cuando los foráneos, en cualquier país superan la cifra del diez por ciento, se puede considerar una colonización; cifra que se duplica en Canarias, máxime cuando gran parte de la economía no está controlada por los nativos. Todo ello ha repercutido negativamente, en las pautas de comportamiento que se evidencia en la sociedad canaria, donde los años cincuenta del pasado siglo; evolución que tenemos que analizar para que no siga afectando a nuestra identidad. 

Y, nos hemos situado en estas fechas y momentos porque son los más duros para nuestro personaje, José Rodriguez Franco “Faro de Maspalomas”, un “AS” del deporte vernáculo y un trabajador comprometido con su tierra, que tiene que complementar su “brega” en los “terreros” con su trabajo ocasional en aparcería, pozos, construcción y allá donde fuese necesario para sacar adelante a los suyos de una grave crisis económica. 

José Rodríguez Franco “Faro de Maspalomas”. Como todos los de su condición y raza fue un caballero en la lucha canaria, ejemplo que llevó a la sociedad que le tocó vivir en el Sur de Gran Canaria, llegando incluso a hacer frente a una condena en el denominado caso de Juan García Suárez “El Corredera”, que fue sin duda uno de los más injustos sumarios instruidos en el franquismo. 

José Rodríguez estuvo en la cárcel de Barranco Seco, pues la máquina de la época le había implicado en todas las andanzas de su amigo Juan García, que luego resultaron no estar nada claras. Pero eran los momentos de grandes silencios, y el “ASA” tuvo que ver la realidad desde el Centro Penitenciario cuando lo único que había hecho fue acompañar a su amigo y compañero de la época a “echar unas copas de ron”, en la ciudad de Telde... 

La figura del “Faro de Maspalomas”, una vez más, quedó limpia de tanta “trama” y cuando salió de su “celda” y volvió a los campos de lucha para satisfacción de los miles de canarios que lo seguían por todos los lugares. No olvidó aquellos hechos, no pudo y tampoco quiso quitar de su cabeza el recuerdo perpetuo de Juan García “El Corredera” con quien había compartido su experiencias y sufrimientos como un apéndice más de la miseria mental canaria, que no era otra cosa que las terribles calamidades de la clase humilde, que tuvo que recurrir al gofio como alimento y a las cartillas de racionamiento como alternativa. Recuérdese que la parte más difícil y árida del personaje fue desde 1.936 al 1.959. 

Los hechos lo curtieron y de qué manera, y pudo comprobar cómo se le amaba profundamente y por eso no quiso dejar de intervenir en los “terreros”, no ya como luchador – pues habría pasado el tiempo- pero sí realizando exhibiciones para mantener la “llama encendida” con su arado. 

Era un hombre alto, corpulento, como demandaba el bello deporte. Era un gladiador que no quiso rendirse ni al deporte vernáculo, ni a la vida que tantas “cornadas” le había dado por el sólo hecho de querer respetar lo suyo. Fue un “caballero de la lucha canaria” que cada jornada con su mirada infantil y perdida acudía no ya sólo a los grandes puntos de concentración deportiva, sino a aquellos pequeños caseríos y pueblos que gustaban ver como un “AS” del mundo vernáculo continuaba realizando sus exhibiciones de levantamiento de arado, como queriendo transmitir a las nuevas generaciones su amor y entrega absoluta por nuestras esencias: lo canario. 

José Rodríguez Franco “Faro de Maspalomas” luchó hasta el final de sus días. Su cara era un reflejo de quienes no se tomaron un descanso de quienes, pese a la adversidad, marcaron con su propio estilo una época que fue dura, injusta, pero que él como nadie supo superar para ejemplo de un pueblo, de una raza... 

J. Martín Ramos


ALFREDO AYALA OJEDA

viernes, 10 de enero de 2020

LA VIEJA IDEA DE ESCRIBIR UN LIBRO SOBRE LA HISTORIA DE "MAESTRO PEPE", EL FARO

Hace algún tiempo, en vida de Maestro Pepe, Pepito o José Rodríguez Franco “Faro de Maspalomas,” me propuse escribir un libro sobre el vivir sucesivo de este hombre irrepetible. Tenía la verdad, numerosas historias, gestas de poder, desafíos y conversaciones mantenidas a lo largo de muchísimos años.  Yo lo admiraba y lo frecuentaba cada vez que me desplazaba a Telde. Guardo recuerdos en el barrio de San Francisco, alrededor de un pozo de la zona, en el barranco de Telde, en medio una finca de plataneras. Incluso un día lo cité en el López Socas con su arado para hacer, para TVE su levantamiento desde distintos puntos de vista. Mantuve conversaciones sobre “El Corredera”, sobre la muerte de su hijo, sobre un homenaje que le preparó mi padre en el campo del Hornillo cuando el Faro pasaba unos apurillos, en el viejo Campo España cuando endomingado irrumpió en el terrero en medio de la actuación del forzudo Sansón del siglo XX, en la plaza de San Gregorio cuando retomó la lucha y ficho por el Unión Telde de Juan Galindo... ¡¡En fin!!  


Pues para hacer realidad el libro sobre el Faro, hablé con distintos amigos que lo conocieron para que me hicieran algún escrito sobre maestro Pepe. Uno de ellos, de pluma precisa, José Luis Cruz González, compañero en prensa y en televisión me hizo este escrito que ayer, rebuscando entre mis papeles me lo encontré.    



UN ARADO QUE SURCABA EL CIELO  

Para la chiquillería maravillada era, ante todo, el hombre que empenicaba el arado como si fuera una caña. La lucha Canaria tuvo en él, a una de las acabadas expresiones de la nobleza en la brega. Se llamaba Maestro Pepe y también Pepito. No le gustaba que lo llamaran don José, porque él se sentía un obrero y, en su juventud sureña de atropellos caciquiles y pan duro el don era una frontera social, el título que marcaba diferencia que repugnaban a un sufridor de injusticias, a un amigo de Juan García Suárez, “El Corredera” y de Francisco Casimiro, comunista tibio y antifascista radical.  

Era lo más alto y lo más luminoso. Por eso era el “Faro de Maspalomas”. Triunfó cuando más difícil era destacar. En su momento de máximo esplendor el deporte de sus amores estaba plagado de grandes figuras en casi todas las islas. Maestro Pepe añadió brillo a la época de oro de la lucha canaria. Su presencia en el terrero era doblemente imponente por el señorío de sus pausados ademanes y por la potencia de sus músculos. Desde que era un adolescente se hizo leyenda su fortaleza. Con Pepito no se podía apostar en cuestiones de poderío físico. Cinco duros - de aquellos que daban para comer dos días a base de bien- tuvo que apoquinar el atrevido que le desafió a echarle una burra a una platanera y partir el rolo con una mano en menos de tres minutos.  

De José Rodríguez Franco todo se ha escrito en los papeles y todo se ha exclamado en las gradas de los terreros, pero quizás el mejor compendio a tanto tributo de admiración lo hizo un médico de los habituales en las tertulias que entonces se formaban en el Café de Buenaventura, cerca de la plaza teldense de San Gregorio. Dijo el doctor: “El Faro no tiene más fuerzas porque debe emplear la mitad en contener a la otra mitad”.  

Sin embargo, lo más hermoso de José Rodriguez eran sus silencios ante las preguntas delicadas que aludían a la represión política, al escondite de ·Corredera o a la prisión de Casimiro. El Faro era un hombre de palabra. Por eso callaba. Odiaba el abuso y despreciaba a los prepotentes, pero tampoco era un héroe ni un inconsciente. Era un buen amigo que se sentía unido a los suyos, pero carecía del impulso del militante.  

Desde el otro lado, desde la orilla marginante de los enemigos de sus amigos, quisieron manipular su fama para convertirlo en símbolo del régimen político imperante. Por prudencia, que no por deslealtad, tuvo a veces que tragar, pero nunca hasta el punto de que llegara a pensarse, que había connivencia entre él y los que pertenecían instrumentalizar el cariño que en toda Canarias se le tenía.  

Pepe Rodríguez, un cachorro de hombre, un amigacho del carajo, un caballero de fundamento, casi no podía hablar en los últimos momentos de su vida. Había callado tanto que sus cuerdas enfermaron y hasta esa dolencia criminal tuvo que extenderse traidoramente por todas sus células, para conseguir dar en tierra de camposanto, con el cuerpo de un personaje al que le brillaban los ojos (ojos de faro) cuando le decían: “Pepito, a usted lo que le pasa es que es un guanche”. El alma de niño y el orgullo sanote de la gente del Sur, le afloraba a los labios para dejar caer la escueta respuesta socarrona: “Será...”  

En la memoria de los que hemos pasado el ecuador de la existencia y hasta un trópico queda la estampa gallarda de un arado que enfilaba el horizonte y se alzaba hasta el cielo para surcar de admiración la misma barba de Sansón.  

La prodigiosa facilidad con la que levantaba el arado, queda como un símbolo doble, porque durante muchos años el arado iba amarrado al yugo en sus demostraciones. Puede pensarse que aquello era la única entre una extraordinaria exhibición de facultades físicas, pero aquel hombre, era tan buena gente y aquellos tiempos eran tan perversos para su pueblo, que a uno le viene la imagen del libertador Espartaco, redivivo cuando evoca la última vez que vio a Maestro Pepe ya en las puertas de la ancianidad, izando el arado en la Plaza de San Juan, junto a los laureles de India que cató el poeta Fernando González y que parecían coronar con su denso follaje, no a Pepito, sino al arado que prolongaba el milagro de nuestro Titán.    

J.J. Cruz González  

Jinámar, diciembre 1.992 

ALFREDO AYALA OJEDA